© Jiniva Irazabal
(Argentina)
A Abelardo Castillo, mi maestro, le gustaba la anécdota de cómo gané un concurso de cuentos de una cadena de supermercados porque deseaba el premio, un premio banal, y de cómo a partir de ganarlo pensé que podía tomarme la escritura seriamente. Luego de aquel episodio pasé por su taller y antes por el de Inés Fernández Moreno, y la publicación de mis libros llegó como por añadidura, sin que yo interviniera prácticamente. Cada paso que di fue tan natural que siento que no hubo una intención detrás, anduve como quien pasea.
Pero lo necesario y esencial no está ahí, sino en la niña callada que fui, en el hecho de que cuento entre mi familia y amigos íntimos a Borges, a Clarice Lispector, a Fernando Pessoa, a Akutagawa y desde hace unos años a Annie Ernaux, en una relación extraña y extrañada con el lenguaje, en algo que siento como avidez por el mundo y otros llaman “mirada”, y en que no puedo pensarme sin leer y escribir.
Ahora, que miro hacia atrás para escribir estas líneas, veo que es como si paseando hubiera llegado finalmente a donde debía ir.
Otras actividades en las que participa:
Encuentro Internacional de Cuentistas
Ecos de la FIL