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Premios y homenajes

Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances

 

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2006

Carlos
Monsiváis icono

(México, 1938-2010)

 

Discurso

(Buenas tardes, creo que ahora las tardes ya comienzan a las diez de la mañana porque ya se prescinde, por lo menos uno llama a cualquier lugar a las diez de la mañana y le dicen: “Buenas tardes”; y yo digo: “Buenos días, buena madrugada”.

Quiero contradecir en algo a mi admirado José Emilio Pacheco, porque lo que yo pedí fue un busto ecuestre, no... [Risas] y que espero que... Bueno, después de oír a José Emilio tiendo a pensar que existo, esa sensación me… por lo menos, me deslumbra.)

Buenos y concurridos días, señoras y señores, amigos y amigas, jóvenes, niños y el resto de la asistencia. Agradezco puntual y estrictamente este reconocimiento a la Feria del Libro de Guadalajara, de los organizadores y del jurado que me otorgó el Premio; y al hacer, al proferir este agradecimiento le añado las menciones indispensables: la presencia de ustedes en primer término y la de los medios informativos que aún le reservan un espacio y un tiempo a temas de cultura; mi agradecimiento a la trayectoria del premio otorgado las 16 veces anteriores a escritores de cuya lectura no prescindo.

Hasta aquí y de modo significativo me he negado a la ingratitud, y aunque todavía no cito a varios autores fundamentales en mi carrera de lector, esa lista de libros comienza con Jehová: la celebridad por antonomasia incluida en esa tan valorada antología de relatos, poemas y verdades o mitos revelados que en las librerías se llama La Biblia. Sí, ya sé que nadie prescinde de la mención de los clásicos griegos y Dante, Shakespeare, Cervantes, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz… ¡Oh, Funes, dios de las reclamaciones de la memoria! Ante lo que me falta por citar me intimido, ¡qué de deudas!, ¡qué de noches en vela pensado cómo referirme a esas deudas sin parecer una revista cultural! Ah, los evoco como un rosario sin ritmo, pero con alegría: Dickens, Balzac, Whitman, Wilde, Mark Twain, Gide, Marcel Proust; y luego los liberales de la Reforma: Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto; y también Rubén Darío y José Martí, y Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña y Carlos Pellicer; Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, César Vallejo. A este respecto no puedo sino recordar una vez en el año de 1959, en medio de la represión al movimiento ferrocarrilero vallejista, nos invitaron a José Emilio Pacheco y a mí a la estación XEQ a hablar de César Vallejo, y entonces empezamos a decir que Vallejo era extraordinario, que Vallejo… y cortaron el  programa, salió del aire por alguna razón que nunca nos explicamos.

César Vallejo, José Lezama Lima, Silvina Ocampo, Federico García Lorca, Salvador Novo, Javier Villaurrutia, Luis Cernuda, Christopher Isherwood, W. H Auden, Octavio Paz, Gore Vidal, José Saramago, Gabriel García Márquez, Allen Ginsberg, Carlos Fuentes, Jorge Ibargüengoitia, Sergio Pitol, Susan Sontag, Nadine Gordimer, Djuna Barnes y -debo ser sincero-, Agatha Christie. Prosigo: ¡Oh, Dios mío!, ¿por qué me acometí la empresa con tal de no arrepentirme de las exclusiones? Y todavía no termino, todavía no menciono   -y a lo mejor ya no podré hacerlo- a Jaime Sabines, Guillermo Cabrera Infante, Manuel Puig, Elena Poniatowska, Fernando del Paso, José Emilio Pacheco, Alberto Manguel. ¡Oh, inquilinos del Olimpo, cuántas omisiones, cuántas relecturas pendientes, cuánto abatimiento elegíaco! La frase no tiene sentido, pero era la manera de meter elegíaco. Y todavía no aludo a dos narradores fundamentales: Martín Luis Guzmán y Juan Rulfo, cuyas obras portentosas son regalos y premios que me acompañan desde la adolescencia. No te he leído hermano porque nunca encuentro tu DVD.

A la estrategia de agradecimientos le adjunto un catálogo de temas a la disposición, así, por ejemplo: la gran literatura chicana de estos años que trasciende prejuicios, usos y reclamaciones de la política; saldos de la literatura light de hace un año; pulsiones del psicologismo; revelaciones un tanto tardías a propósito de las variedades del orgasmo; dificultades de pareja en medios adversos a la bodas de plata y de diamante; remates de la literatura light de hace un mes; sentimientos religiosos que vienen según dicen los personajes de la necesidad de creer en algo -aunque sea en Dios-; andanadas del costumbrismo ya fechado, por ejemplo, las novelas donde el habla cotidiana descubre que la abstinencia no le ha hecho perder el juicio. Podría referirme a esto, pero no lo hago porque quiero hallar aproximaciones a lo esencial, y quiero hallar aproximaciones a lo esencial porque no lo hago.

El mayor enemigo de la lectura no es el culto de las imágenes, ni el desdén por todo lo que envía a consultar un diccionario -ese es objeto obtuso que sí está demasiado lejos-; ni siquiera la comunicación entre los seres humanos, angustia recurrente en los artículos de doctores, abogados, obispos y senadores, que por desgracia ya nadie lee; sino la catástrofe educativa en la enseñanza pública y -quien lo dijera- en la enseñanza privada, robustecidos por el desplome de las economías y el desprecio por las humanidades, si es que todavía alguien las recuerda.

Doy datos -algunos de ellos del caso mexicano de manera alguna excepcional en América Latina- tomados de Carta de Política Mexicana y del diario Reforma, 25 de agosto de 2006. 63 por ciento de los estudiantes que concluye la primaria lo hace sin saber escribir, menos competidores. De acuerdo con los resultados del Examen de la Calidad y el Logro Educativo, EXCALE, aplicado por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, INEE, casi dos de cada tres egresados de primaria en el país carecen de habilidades básicas para el manejo del lenguaje escrito, quizá por eso triunfan. 51 por ciento de los estudiantes de secundaria se encuentra un nivel básico de matemáticas, proporción que se eleva al 92.1 por ciento tratándose de los alumnos de telesecundaria.

En México, sólo 225 de cada diez mil habitantes llega a una universidad, cuatro de cada cien niños que ingresan a primaria consiguen terminar la universidad, 32 millones de mexicanos tienen una escolaridad inferior a la secundaria completa. El gasto anual promedio por estudiante en México es de poco más de mil cien dólares, cuatro veces menos que el promedio de lo que gastan los países de la OCDE.

Los datos son ciertamente lúgubres, pero habría que matizar el tono jubiloso de esta reunión. Y me falta hablar también de algo que me preocupa: los ataques hoy a la laicidad, aun en medio de la catástrofe silenciosa de la educación que sigue siendo el mayor garante del proceso educativo. En días pasados, la jerarquía católica declaró y asumió la promesa oficial: cambios al artículo 24 de la Constitución de la República, y en donde dice ahora “libertad de cultos”, poner “libertad religiosa”. La libertad de cultos contiene muy explícitamente la libertad religiosa, misma que en estos años se ha ejercido sin reservas, salvo si se trata de algunos grupos protestantes, ¿qué se hace entonces?
Claramente porque así lo han dicho los jerarcas en varias ocasiones, se declara ya inminente la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, católicas, desde luego…               -transmitiré su aplauso-; se declara lo inminente de la educación religiosa en las escuelas públicas, porque según argumenta no otra es la religión absolutamente mayoritaria, y porque dice un partido político: “Esta moción de laicidad admite y exige la decisión de los padres de familia”. Me quedo en la espera de las iniciativas de ley para, en su momento, protestar por algo que me parece simplemente un atraco al proceso educativo.

Si aún persiste el impulso cultural actúan en su contra, entre otros, los siguientes elementos: el deterioro del magisterio salarial y social, y el crecimiento casi gozoso del analfabetismo funcional; de manera muy especial entre las absurdamente llamadas “buenas familias”. Desaparece la mayoría de las referencias que han sido el código compartido en los países de habla hispana, y los autores se dirigen a los lectores desde de la incertidumbre con una reflexión más o menos de esta índole: ¿qué se yo qué es lo que en verdad lee de lo que escribo?, si es que leen algo. Y, ¿qué tal si no me comprenden o qué tal si me entienden de otra manera? Los puntos de acuerdo y la comprensión inmediata de los referentes se van desvaneciendo; a esto José Emilio Pacheco lo llama las alusiones perdidas.

El idioma febril de la historia de las nuevas corrientes no incluye, por ejemplo      -para hablar de alusiones perdidas-, casi todas las referencias bíblicas, las menciones de la cultura grecolatina, de la historia hasta antes del 11 de septiembre –supongo, de los grandes momentos de los países. ¿Cuántos saben en qué consistieron la burra de Balaam, la humillación de Canossa, el tonel de las danaides, Escila y Caribdis; o en México, la Guerra de los Pasteles? La memoria colectiva se le deja a las ocasiones de contento y el ayer -salvo casos excepcionales- se considera denso, aburrido, dificultosos; y la mayoría de los que leen, lee otra cosa, no sé cuál, pero sé que leen otra.

Confiésome, premio: mis primeros vislumbres de la vida literaria se dan en la ciudad letrada todavía acostumbrada al encuentro fortuito que se prolonga por horas, al café como ritual, al chisme malévolo, al diálogo antes de que lo asesinara el celular; es el mundo de las librerías de viejo, las peregrinaciones para conocer escritores, las admiración por las ediciones de otros países, Argentina, especialmente; la voracidad en la lectura y la tristeza nacional por la durabilidad del franquismo, el PRI y el imperialismo yanqui. Ya se sabe, lo más probable es que un escritor siga entonces conociendo por nombre a sus lectores, o a los que podrían ser sus lectores. Y al conjunto lo rige un concepto legendario y real: la república de las letras, cuyas jerarquías parecen establecerse y manejarse por sí solas. Unos cuantos se ponen de acuerdo y de ahí surge el criterio canónico primordial; al no existir aún la industria académica y al ser la escritura un oficio riguroso sin mayor beneficio se conoce o se frecuenta simultáneamente la ciudad, la literatura, la vida nocturna, el temperamento de las suripantas, una palabra fosilizada -una de tantas. Y no hay mejor guía de la ciudad que la admiración por los lugares literaturizables: los cafés, las calles a la madrugada, las reuniones para leer los textos escritos ayer.

De entonces me viene una convicción fundacional, entonces no se le decía de ese modo, los vocablos irrenunciables en cada etapa son señas de identidad, no es lo mismo el ambiente cordial de la feria que el imaginario de la FIL. Lo describo a este lugar cofundacional sin la frecuentación del cine, ninguna cultura literaria arraigada con plenitud y un cineclub, entonces era la otra biblioteca; ya sólo tiene sentido coleccionar autógrafos de desconocidos.

En la época del laptop, el CD, el DVD, el CD-ROM, los iPod, los súper shows, la tecnología es la visión del  mundo, y por eso aventuro la hipótesis: en estos años la tradición es aquello que vendrá o sobrevendrá, no el punto de partida. La inversión de término se explica por su cuenta, la tradición se avizora en cada estallido de la moda y el porvenir se avejenta cada que las tecnologías nuevas desplazan a las todavía vigentes el día de ayer; no hay dolor más grande que el ser propietario de aparatos súbitamente descartados. La tradición, el futuro que se empeña en arraigar, por eso los cambios culturales radicales se están presentando como modas en un ámbito regulado por las imitaciones serviles: la reducción de letras de boleros a tratados filosóficos, la poesía prefabricada de la publicidad –“En los jardines del más allá usted encontrará la paz que tanto busca”-, y las concepciones mecánicas de lo que fue pueblo y hoy es la gente la última trinchera de las comunidades, antes de esparcir sus cenizas en los alrededores del mercado.

En este proceso hay algo irreversible, desaparecen numerosas contenciones sociales y un elevado número de prejuicios. Y en los sectores culturales se observa muy de otra manera el duelo ancestral entre barbarie y civilización, fórmula que sólo se explica si se redefine a la manera de Walter Benjamin, porque en dos siglos de vida latinoamericana se han integrado las antípodas; el enfrentamiento barbarie-civilización persiste bajo formas no soñadas por Sarmiento o Justo Sierra, y es falacia insistir en la pureza espiritual o en la pureza de lo popular.

“Todos influimos sobre todos”, habría dicho Alfonso Reyes al observar los ámbitos regidos por represión y la corrupción, por la telenovela y el desempleo, por el chateo y el YouTube, por las cumbias dedicadas a Macondo y la conversión de Leonardo Da Vinci y Mozart en obras y nombres ultrapopulares, por los blogs y el estudio de los poemas como exorcismos: “Era del año la estación florida”, “qué ruido más triste el de los cuerpos cuando se aman”, “lleno de mí, sitiado en mi epidermis”, “inmóvil en la luz, pero danzante”, “lento, amargo animal que soy, que he sido”, “yo no amo a mi patria”.

Mi acta de ciudadanía se asume con la suma de causas perdidas que me han importado y que lo siguen haciendo. Literariamente también nadie niega el atractivo de las causas perdidas: alejan del orgullo, de la repartición de prebendas, prodigan el sabor de la derrota, auspician el sentido del humor a contracorriente, crean escalas valorativas más justas o mucho menos injustas y, sobre todo, son inevitables. Si no se cae en el sectarismo en la era neoliberal, las causas perdidas son un recurso enorme de la salud mental, que Dios proteja los buenos cuando los malos son definitivamente unos estúpidos. “No lloro, nomás me acuerdo”.

Algo importante cristaliza a partir de la década de 1980, la década perdida de la libre expresión de la sexualidad y de la emergencia de sensibilidades hasta ese momento negadas, o aludidas eufemísticamente, o representadas de modo que no ofenda, siempre con la idea de que si un niño de tres años ve eso se va a sentir ya molesto el resto de su vida. De pronto fluyen ideas y comportamientos proscritos, vocabularios una vez considerados ilícitos, reconsideraciones estadísticas de las minorías, heterodoxias culturales, lo ya inencontrable ahora es el sitio exacto de la ortodoxia; se extiende la literatura escrita por mujeres, te describe sin escándalos, y con frecuencia entre bostezos, la ronda de las fornicaciones -llegué al capítulo cinco y apenas iban diez acostones, dejé la novela-, un libro al que hay que quitarle las sábanas para leerlo, se le abre un espacio a la literatura de temática gay, y a la novela policíaca se le hace depositaria del realismo social -los seis balazos lo derrumbaron a él, no a su clase social. Todo de pronto ingresa en el sincretismo de las urbes: la internacionalización que es tecnología y conversión en franquicia del aspecto de las ciudades, el perverso polimorfismo de los efectos especiales, el desvanecimiento del aura misteriosa de lo sexual, los derechos reproductivos, las montañas de condones que en los basureros hacen las veces de encuesta sobre la protección, los cómics en donde se refugian los arquetipos clásicos, la toma de conciencia que da paso a la frustración y viceversa, el intento de escritura en perpetuo estado de limpidez o de frenesí urbano y el descubrimiento reverencial del mercado; el tiempo presente y el tiempo pasado están quizás contenidos en el tiempo presente –¿dónde he oído esto?

Leído ahora, el pasado revela otras tensiones, otras relaciones distintas a las apreciadas tradicionalmente entre realidad y utopía, entre literatura y vida comunitaria; no han pasado en vano ni Freud, ni Marx, ni los surrealistas, ni las guerras mundiales, ni la sexología, ni la explosión demográfica, ni la informática, ni las guerras imperiales a nombre de la salvación de la humanidad.
Al presente también se le contempla de modo nostálgico, todo transcurre tan rápido que es imposible fijar las emociones: detente momento, antes de que llegues ya has transcurrido. Lo posmoderno suele ser la evocación melódica del culto al progreso ya extinguido.

En la literatura del mercado se elige el mundo ideal, la Colombia o la Costa Rica o el Perú o el México o la Argentina que se hubiese querido vivir, y se le amuebla con pasiones, diálogos y reacciones pertinentes ante la etapa en que la industria cultural y la respuesta popular producen obras maestras de la persuasión sentimental y la claridad expresiva, una etapa que se extingue en la década de 1960.

Al pesimismo subyacente o yacente en estas notas, lo niega o lo contradice la existencia de instituciones como la FIL: la exposición de editoriales; las veintenas de miles de jóvenes que no posan su vista sobre las páginas, sino que en rigor leen; la existencia de infraestructuras culturales y la calidad de la escritura, muy en especial la poesía no afectable por el mercado.

La desolación persiste y es amplia, pero en la América Latina de movimientos sociales y ONGs y grupos que defienden la ecología, surge otra actitud que se despliega en los clubes de lectura y en la defensa de la ley del libro en México -no al veto, sí al voto contra el veto-, y en el rechazo a convertir las zonas patrimoniales en resorts turísticos. Esta es una novedad: el empoderamiento cultural, uno recuerda un aforismo de Óscar Wilde si desea parecer ingenioso, uno cita a Borges si quiere decir algo inteligente, y uno menciona el periódico de la mañana si el propósito es indignarse con justa razón.

Me detengo en Borges, que sostiene que las opiniones políticas son lo más superficiales de las personas. Sí y no, las opiniones y los juicios políticos suelen ser superficiales, pero también responden a decisiones personales muy profundas, y además la casi totalidad de los comportamientos integra estas dos instancias en querella; pero incluso en las ciudades letradas más dividas por la política, lo que unifica es el asombro y la cordialidad que la lectura rigurosa provoca. Un buen lector siempre se rinde a la evidencia, si el libro vale la pena, el autor o la autora son mis semejantes; la unidad primera y final de las comunidades intelectuales y artísticas, lo que les otorga esa condición, es su acuerdo sobre los órdenes de la calidad.

“¿En qué momento?”. En el paso del testigo Edgardo Cozarinsky se pregunta: “¿En qué momento la literatura dejó de ser el centro inapelable de nuestra cultura?”. Y en el camino de la respuesta anota: “El psicoanálisis, las ciencias sociales, la mera política, van a convertirla como la computadora al libro en un objeto, sino de lujo, al menos de prestigio”…

…el espasmo admirativo del lenguaje, cuyo ejemplo virtuoso y cuyas nuevas demostraciones del ejemplo virtuoso provocan reacciones estéticas en donde nadie creería probable que surgieran. Si continúa en grado todavía considerable la pasión por el lenguaje, ninguno de los vaticinios respecto a la cultura podrá ser terminal.

Al humanismo se le expulsa en definitiva del currículum educativo en la década de 19… nuevas generaciones. No se le ve sentido a la brillantez verbal y cada vez son menos los capaces de sentirla y admirarla; la mayoría renuncia  a la lectura de poesía, y el asunto se agrava al decidirse, sin razonarlo y sin deliberarlo, que la literatura ya no es el punto de partida de la estructura del conocimiento, sino francamente un entretenimiento de lujo; y el sitio antes central de la lectura lo ocupan las imágenes, al grado de que el tiempo libre de la sociedad viene a ser lo que resta luego de ver partidos de futbol, telenovelas, reality shows, series televisivas, películas, todo lo que ya no es tiempo libre sino obligación urbana. ¿Tiene caso quejarse? Por supuesto que no, el cine ya es la otra gran vertiente formativa. Lo inevitable procede de este modo, aunque lo inevitable desemboque por desgracia en una sociedad desarticulada y en desventaja en materia de rapidez asociativa.

En este panorama muy poco delegado clásico parece firme la repetición de fórmulas, hace las veces de ánimo crepuscular y las demandas de la educación se inician con el sueño de la multiplicación de los raitings. Ahora el mayor peligro para la novela no es el culto de las imágenes, sino la pretensión de eliminar la complejidad, lo que podría llamarse la infantilización de la sociedad. ¿Y yo por qué? En su turno, los efectos de la televisión, profundísimos a corto plazo y por acumulación, suelen carecer del prestigio íntimo; aunque esto ya de alguna manera se transforma con el muy buen nivel de las series sobre vida cotidiana, abordada desde la derrota de la censura y por lo común la televisión abierta no permite que las personas, aun las menos críticas, consideren a la televisión su espejo ideal. Si en el mismo espejo se contemplan todos mis vecinos y mis parientes, yo no puedo ser narciso, y al no existir como antídoto a la televisión las exhortaciones dramáticas en el camino a Damasco -“Saulo, Saulo, ¿por qué no me apagas de vez en cuando?”-, se desvanecen las posibilidades televisivas de constituir…