Prensa

 

Guadalajara, Jalisco, a 03 de diciembre de 2019

Ramón Córdoba, artesano de libros

Amigos, colegas y familiares se reunieron para brindar por la memoria del editor

 

Un editor que fue mucho más que un editor, un amigo que fue más bien un cómplice y un padre que amó a sus hijas de la misma forma desbordada como amaba a los libros, esas fueron algunas de las facetas que los amigos de Ramón Córdoba Alcaraz recordaron y compartieron en un homenaje informal y emotivo que tuvo como escenario la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) 2019.

El recuerdo del legendario editor de Alfaguara, quien falleció en junio pasado, convocó a decenas de escritores, editores, alumnos y familiares para una ceremonia entrañable, donde se proyectaron fotografías divertidas y memorables, como fueron todos los momentos que revivieron los asistentes a esta “celebración festiva acompañada por unas cervezas”, como la definió Marisol Schulz, directora de la FIL Guadalajara, amiga y colega de Ramón durante varias décadas.

Los amigos de Ramón lo recordaron por la generosidad que lo distinguía al compartir sus enseñanzas con todos los que se acercaban a él, por su extravagancia, su humildad y su audacia. “Todas las mañanas desayuno egos de escritores”, solía decir Ramón, aunque fueron precisamente tres escritores quienes le dedicaron sus palabras.

Alberto Ruy Sánchez recordó que “todas las conversaciones con Ramón estaban rimadas con la ironía que afirma, de manera implícita, mucho más de lo que dice. Cada conversación con él era una gozada en la que ardía la inteligencia. Ramón estaba lleno de sabiduría que brotaba siempre de manera inusitada y natural. Era un editor extraordinario porque entraba en cada manuscrito como quien se lanza en una aventura, no se asumía en el papel del editor que es un juez, sino que antes que nada era un explorador apasionado; lo suyo no era enmendar la plana, sino descubrir con su autora o autor un tesoro, que muchas veces se ocultaba en la mina oscura del manuscrito; era capaz de sacar a la luz vetas que apenas se insinuaban o sugería dejar de lado excavaciones que no conducían a nada. Con sus dedos especialmente largos, lápiz en mano, iluminaba parajes, desbrozaba caminos selváticos, como si su lápiz fuera un machete”.

La escritora Rosa Beltrán también destacó el tino de Ramón para encontrar erratas invisibles para los ojos de los demás, y Xavier Velasco rememoró a Ramón como “el partero de sus libros”, porque él editó seis obras suyas, aunque siguió recurriendo a él para consejos editoriales y personales a lo largo de los años. “Es difícil encontrar en la industria amigos tan desinteresados y divertidos”, dijo Velasco, quien admitió que no le perdona las carcajadas que le ha quitado con su partida, y que ya nadie le va a dar.

En el encuentro las editoras de Alfaguara, Mayra González y Érika Monroy, relataron pasajes de su aprendizaje al lado de Ramón Córdoba, y pasaron una libreta en la que los asistentes escribieron mensajes o anécdotas en torno a Ramón y que al final se llevarían sus hijas, Erandi y Eréndira, quienes también evocaron a un padre divertido, ingenioso, que despertaba, comía y dormía con un libro en la mano, objetos a los que acariciaba con tanta ternura que por momentos se asemejó a la delicadeza con la que forjó tantos amigos.

 

 

 

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